El suicidio de Amina Filali ha conmocionado Marruecos, y también ha inquietado a todas las personas menos informadas sobre la magnitud del extendido problema de la violencia de género, que no sabían que leyes como la que ampara el derecho del violador a reparar su culpa casándose con la violada, siguen vigentes en este país.
La reacción inicial fue la sorpresa, después la indignación y ahora empiezan a escucharse las voces de los que dicen en el país, quizá avergonzados por el eco internacional que el asunto está teniendo, que la chica consintió. Sí, ella quiso casarse y ella quiso tener relaciones sexuales, dicen. Supongo que solo les queda por decir que, por supuesto, ella quiso suicidarse.
Aunque estas últimas reacciones pueden incendiar todavía más nuestros ánimos, y especialmente los de las mujeres marrroquíes . La imagen mental de la joven de quince años violada, o convencida de un modo u otro para dejar correr su vida por el retrete que otros habían montado para ella no parece fácilmente borrable de la mente colectiva. La imagen de esta joven sufriendo una muerte espantosa y lenta mientras el mataratas consumía su organismo, ya sin vuelta atrás. Ojalá no la olvidemos, y ojalá su muerte pueda tener algún fín, servir para algo de algún modo, hacer despertar a las jóvenes árabes en la lucha por sus derechos como mujeres, más allá de su condición de árabes y de musulmanas.
El suceso me ha recordado a una película coreana estupenda que he visto hace pocos días, Poesía. En ella una joven es violada reiteradamente por un grupo de jóvenes. Tras su suicidio la abuela de uno de los violadores se plantea un dilema moral de enorme peso: unirse al grupo de padres que pretende borrar el hecho con una compensación económica, o bien dejar que su nieto se enfrente con la vida en toda su crudeza y también en toda su belleza.
La muerte y el sacrificio se convierten entonces en un hecho poético porque la vida, la bondad y la libertad se abren camino, como el agua, incluso entre la maleza.

